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Está a 37 grados. Ella sumerge los pies en el agua rosada y deja que todo su cuerpo se relaje, suspira, cierra los ojos y se estremece un poquito, es muy leve como un ligero temblor que asciende hasta la nuca y siente placer. Mucho placer. Nota el cosquilleo de la sal al mover los pies de lado a lado y sonríe al morderse el labio. Es uno de sus ticks que sucede cuando está a gusto, mordisquea ligeramente el labio inferior la parte más carnosa y luego se pasa la lengua por esa zona, como para calmar el flujo de sangre que produce la presión de los dientes. Suspira ahora con más calma y se estira los mechones rubios que forman un abundante flequillo, le gusta ese corte de pelo, enmarca y resalta el verde dorado de sus ojos, verde esmeralda o verde musgo, depende de la luz, se ríe en alto y pronuncia una frase; ¡Pero qué coqueta soy! Y con un gesto lento se enrolla la melena que roza los hombros para formar un moño perfecto, alto y lo sujeta con una pinza ancha y dorada. ¡Un poco coqueta, sí que soy! Se dice, mientras mira la mano derecha y la llama la atención lo perfectas que tiene las uñas, ese tono “rojo cereza” es atractivo, es sensual, extiende la mano y suspendida en el aire, vuelve a admirar la perfección de las uñas cortas. Sus manos son pequeñas con dedos finos. Acompañan a un cuerpo  delgado pero con curvas bien pronunciadas, ahora se observa, le gusta estar desnuda sentada esperando, contando los segundos para hacerlo. ¡Ha llegado el momento!

Se deja caer dentro de la bañera hasta que el agua transparente de tono rosado cubre completamente su cuerpo pero no su desnudez. Se han formado unas ondas en el agua, con una espuma que va de lado a lado de forma ordenada, concéntrica. Y mira el reloj, no tanto porque ea importe la hora, quiere calcular el tiempo. Son 30 minutos para disfrutar de ese momento de paz, de esa cura de cuerpo y alma. La idea la saco de una revista Holística. El baño de sal del Himalaya, vierta dos kilos de sal rosa, pura, milenaria llamada el oro blanco y disfrute sus beneficios: alcaliniza la sangre, aumenta las defensas, depura el organismo y equivale a tres días de ayuno ¿de verdad? ¿Tres?… Y según su mente comienza a divagar se ordena: Basta. Por una vez no racionalices, se regaña, No seas tan analítica. Y se sorprende porque se hace caso y solo disfruta de ese momento.

Cierra los ojos, suspira y se relaja. Ha colocado unas velas de forma estratégica, una en cada esquina para que el olor a vainilla de “Madagascar” la inunde y se permite abrirse a la vida con todos sus sentidos, nota la suavidad del agua que abre cada poro de su piel. La hace gracia como ve sus pechos desde arriba, están tan redondeados y erguidos, el agua, de alguna manera distorsiona la imagen pero no la oculta. Vuelve a tener ese tick y esta vez nota en su boca el sabor de la sal y reacciona entre el gusto y disgusto. Mira el reloj de nuevo y se permite la desconexión con todo el mundo exterior, de la noche oscura, de la lluvia de octubre y se permite saborear el silencio. Solo existe ella en ese momento de intimidad con su ser. Y en su microcosmos se permite estar satisfecha y realizada en la pura inacción.

El ruido de la puerta la hace erguirse ligeramente del agua para observar como él entra sigiloso, oscuro, se estira y según se miran ella sonríe y le invita a acercarse con sus ojos. Y él se va aproximando sin prisa, mientras ella saca del agua una mano húmeda, con sus uñas rojas, dispuesta a acariciarle con mucha ternura y amor. Y cuando entra en contacto con la cálida mano, su gato todo peludo y negro ronronea feliz.

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