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Saboreo mi coca cola light, con mucho, mucho hielo y sin limón disfrutando del momento. Estiro los brazos por delante y me desperezo, dispuesta a concentrarme delante del ordenador. Estoy desayunando en mi lugar preferido, Pan Comido. Un sitio muy cuco en la esquina de mi calle, de mesas alargadas con la madera envejecida, estilo bistrot francés. La barra está llena de cestas de mimbre con panes de todos los estilos, centeno, espelta, olivas, hogazas, baguettes, todo rebosante, hay tanta variedad que cuesta elegir. Una cafetera truena cada vez que machaca los granos y desprende un aroma a campo, especiado, cálido y envolvente. Simona, alta, espigada y con su acento rumano, acaba de servirme unas tostadas integrales de aspecto crujiente con tomate y aceite. El pan es de esos ecológicos, de levadura madre. Se adapta a mi forma de vida, de pensar entre ecologista, vegetariana y de amor por el planeta, de respeto a los animales. Y me pongo a teclear. Teclear y teclear. Hoy es el día en que comienza mi novela. Ese sueño que ha estado latente, en mi imaginación, esperando a cobrar forma en este plano de la realidad, en lo cotidiano. Ya no puedo retrasarlo más. El propósito de los deseos es hacernos felices y poder sentirnos realizados. Y hoy, estoy dispuesta a que eso suceda. ¡Gracias a las musas por su inspiración!

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