Si te gustó compártelo... Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on Pinterest

Othello mira el trasportín para gatos y después a mí. Por experiencias anteriores sabe que va a acabar en el veterinario o en la casa de verano en la playa. Sin duda, cualquiera de las dos situaciones perturbaría su paz matutina. La bolsa de viaje es confortable, mullidita por dentro, ligera, con unos agujeros simétricos para que transpire, la mejor del mercado representada por dos grandes letras entrecruzadas L.V. A Othello la calidad poco le importa. Decide hacer patente su descontento con unos maullidos agudos, penetrantes, continuos, acompañados del pelo negro erizado como un puercoespín y eso que, normalmente, es una pelotita suave, sedosa que da gusto achuchar. Él, que estaba tan feliz enrollado junto al radiador sobre el sofá de terciopelo azul, calentito y arropado, se anticipa ahora a algo, no sabe qué es, pero desagradable, seguro. Con sus uñas traseras intenta escapar de mis brazos las clava en mi falda para impulsarse y huir pero ya me conozco el truco, así que agarro al pobrecito del cuello, bloqueo con la mano izquierda sus patas y adentro que va.

El destino de hoy es el veterinario. Othello tiene cita para una operación poco importante desde un punto de vista clínico, aunque relevante para su virilidad. Con lo machito que es mi persa grandote, musculoso y presumido, que se pasea sinuoso y ronroneante con su rabo en alto, restregándolo por mis piernas, mientras recibe piropos, es seguro que la sorpresa de hoy me la va a hacer pagar en los próximos días. Estamos en campaña de esterilización y he decidido (por su bien) que hay que castrarlo. Pienso en él, claro, también en que con dos gatas en celo en casa, como a mi querido minino se le ocurra hacer una “Othellada” acabamos él y yo de patitas en la calle. Mamá lo dejó claro “¡ni un gato más, que estoy de pelos y zarpazos hasta aquí!” Acompañó esta afirmación con las manos en alto. “¡Hasta aquí!” (las manos en la cabeza) “¡estoy de tus gatos!” Olvida mamá, que “mi gato” es Othello. Las dos gatas y el otro felino yo los considero propiedad de “la casa”.

A las cinco de la tarde paso a recoger al nuevo Othello. El veterinario me da una especie de peluche en estado cuasi comatoso. Esta vez no hay oposición, incluso parece que agradece la familiaridad del trasportin, suspira cuando me siente cerca y reconoce mi abrazo. Entre abre sus ojos verdes, vidriosos de la anestesia y limpio sus morritos llenos de espuma antes de acurrucarlo con delicadeza en la bolsita. Nos vamos a casa.

Sale de la bolsa tambaleante, colocado y borracho da unos pasos temblorosos directo a la gata parda que está tan pancha dormitando sobre la alfombra del comedor. Se sitúa detrás de ella. La gata tuerce el cuello y da la impresión de que lo mira con superioridad e incluso un poco de desprecio. Será mi imaginación, pero parece que ella sabe que ya no es tan fuerte y macho como hace un par de horas. Othello, sacando fuerzas y en un movimiento rápido, monta a la gata que emite unos maullidos estridentes.

La gata está en shock, mi madre y yo ni nos movemos, observamos la escena mudas, hasta que, instantes después, estallamos en carcajadas. Sin parar de reír mamá suelta un “¡Será jodido el gato!”

El veterinario, en la primera visita insistía en que la gata parda comía demasiado y que la alimentáramos con un pienso especial para gatos obesos. En la segunda, cuando el embarazo era evidente, el veterinario aseguró que los bebés felinos eran uno, como mucho dos. Además, dio una explicación muy técnica, sobre porque no había fallado la cirugía. Me aseguró que era el primer caso del que tenía conocimiento. Incluso había consultado a compañeros del gremio. Que debió quedar algo de semen en el conducto, eso sí, que castrado, Othello estaba bien castrado. Todo el tiempo capte un tono pelín acusatorio del médico insinuando que no era normal, como dando a entender que Othello más parecía una pantera salvaje que un encantador gatito.

Un soleado y alegre día de abril, la gata parda parió en el suelo marmolado del cuarto de baño de mamá. Nacieron seis gatitos preciosos, sanos y fuertes como su padre. Othello entró pavoneándose, se acerco a la gata y se dedico a dar unos lametazos a todos los recién nacidos marcando su territorio. Nos miramos, y pude adivinar en sus ojos chispeantes que consideraba cumplida su venganza.

PUBLICADO EN EL LIBRO  “A PECHO DESCUBIERTO” DE LA ESCUELA DE ESCRITORES. MAYO 2017

 

Si te gustó compártelo... Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on Pinterest