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TARDES DE LIMONADA CON HOJAS DE MENTA

Era una receta heredada de la familia materna. La bisabuela Consuelo era la mente brillante detrás de algo muy simple, una especie de ritual que marcaba para todos los primos, el inicio oficial del verano y hacía más llevadero el calor. Ese de Madrid, que a mediados de julio ronda siempre los temidos “hoy pasamos de 42 grados, permanezcan hidratados y a la sombra”. Las proporciones exactas para hacer la limonada estaban escritas en una hoja en forma de corazón pegada a la nevera. El  imán que la sostenía, era un recuerdo dudoso,  una alpargata que decía Ibiza For Ever que alguno de los primos se trajo de un fin de semana de desmadre en la isla. Sabíamos, que el gran secreto era el mimo con el que nuestra amada Consu llenaba la enorme jarra de vidrio. Limón muy maduro recién exprimido, mezclado con agua de la de verdad, del manantial del pueblo de las garrafas apiladas detrás de la puerta de la despensa. El azúcar marrón de caña, decían que era auténtica de Cuba. A la bisabuela se la traía un marinero con tatuajes en los fornidos brazos, que de vez en cuando la visitaba cuando pasaba por la capital. Era del pueblo gallego de Consu y a mí me encantaba ver esos biceps coloridos, llenos de diseños toscos. Mi favorito era el dibujo una sirena pechugona de color verde musgo y escamas escarlatas.

El toque único a la bebida, se lo daban las hojas de menta fresca. Las plantas que cultivaba la misma Consuelo en unas macetas cascadas, en la terraza de la casa solariega que bien podía ser del mismísimo pueblecito de Galicia donde ella nació. Había recreado su hogar de la niñez, colocando unas redes de pesca azules colgadas en las paredes de la terraza de aíre nostálgico y soñador.

Y ese era el lugar, donde nos sentábamos los primos a saborear la limonada fresca, con el hielo picado. La bebíamos en unos refrescantes vasos de cristal azul cobalto. Nuestra venerada Consu, siempre transmitía un ambiente de relax veraniego. Con su delantal lleno de flores de toque caribeño, espalda corvada hacía delante y lunar en la comisura del labio, que delataba que fue una mujer muy atractiva en su juventud. La limonada era servida uno a uno y así, los primos nos podíamos reunir. Eran días de conversaciones largas, al atardecer y risas después de inviernos duros y áridos, la respuesta esperada, que demuestra que la vida merece la pena.

Rani Clarke

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